martes, 1 de diciembre de 2015

Exclusión-Normalización


            Lo primero que se me viene a la cabeza al pensar en disciplina, es, por supuesto, la escuela. El colegio. Me parece importante esclarecer que desde primero básico hasta cuarto medio, estuve en cuatro colegios distintos (uno en EB y tres en EM), a través de los cuales, experimenté, si bien los mismos mecanismos de disciplina, de distintas formas y sujetos a preceptos diferentes.
            Comencemos por lo que ahora nos parece más obvio que cuando lo experimentamos: las prácticas diarias obligatorias. En mi colegio de básica, católico, debíamos llegar a las 8. De esa hora hasta las 8:15 se hacía la oración. Es decir, la profesora, adelante, comenzaba con un rezo y todos los demás la seguíamos. Luego, se podía levantar la mano para “pedir” por alguien o algo en específico. Por su puesto, en básica, nadie tenía idea lo que estaba haciendo, nadie podría haber respondido a la pregunta de ¿Por qué crees en Dios?, solo hacíamos lo que nos pedían y “enseñaban”, éramos, pequeños moldes, receptores de adoctrinamiento escolar y religioso. Y una de las mejores formas de demostrárnoslo, además, de las reglas del horario y de la inevitable, y obligatoria oración de las mañanas, era la clase de religión, la cual, obligatoria, si bien no tenía notas en una escala numérica, sí tenía rangos en los que, te encasillaban entre B y MB o terminabas repitiendo de curso si eras un I (insuficiente) o un MI (malo insuficiente).
            Es decir, desde primero básico nos estaban clasificando según etiquetas que, inclusive, podían cambiarte el rumbo en el que ibas, provocando que no pasaras al siguiente nivel escolar. No obstante, lo que más me impresiona ahora, en retrospectiva, es el poder que tiene una palabra, no estoy segura si más que un número, pero de todas formas, es curioso darse cuenta de que puedes quedar con la etiqueta de “Insuficiente” por el resto de tu vida, solo por no tener, o los mismos intereses o las mismas habilidades que otros, o por no compartir las mismas creencias. “Los aparatos disciplinarios jerarquizan los unos con relación a los otros, a las “buenas” y a las “malas” personas (Foucault, 2002, p.168). En ese entonces, si algún apoderado reclamaba por el “Muy insuficiente” de su hijo o hija, apelando a lo anterior, se le decía: “Entonces, no lo matricule en un colegio católico”.
            Tal como lo asevera el autor, “el éxito del poder disciplinario se debe sin duda al uso de instrumentos simples: la inspección jerárquica, la sanción normalizadora, y su combinación en un procedimiento que le es específico: el examen” (Foucault, 2002, p.158). Nunca estuve tan consciente del poder del examen hasta que uno de tantos que hice, fue el que decidió que repitiera en segundo medio. “El orden que los castigos disciplinarios deben respetar es de índole mixta [dice Foucault]: es un orden artificial […] pero es también un orden definido por unos procesos naturales y observables: la duración de un aprendizaje, el tiempo de un ejercicio, el nivel de aptitud se refieren a una regularidad, que es también una regla” (Foucault, 2002, p.166). A través de todo mi proceso escolar, se me estuvo vigilando y controlando en tanto se implementaba el examen para evaluarme y encasillarme, para homogenizarme junto con el resto, pero a la vez, para diferenciarme de él, categorizándome como buena o mala alumna según los resultados de aquel, en cada ocasión. Hasta que en algún punto, ese mecanismo de control y vigilancia, de disciplina también, juzgó que no fui suficiente para permanecer en el sistema y, me castigó, a través de la institución, expulsándome. Esto fue en mi primer colegio de EM, otro católico. En este momento no solo hubo un quiebre en mi pensamiento en cuanto a qué tan fidedigno puede ser un examen para juzgarte buen o mal estudiante, sino que también con la institución religiosa.
            Así fue como, a través de este tipo de avaluación, me vi marginada, porque no solo me cerraron las puertas en la institución de la cual salí, sino que también en muchas otras a las que intenté entrar: “No se aceptan repitentes” era la frase célebre con la que se encargaban de decirme que ya no era una buena opción para ajustarme a la regla. Yo era una desviación. Y así me sentía. Y luego de varios intentos fallidos en los que intenté ingresar a un colegio “bueno” (porque eso es parte de todo el paquete en el que otro examen decide tu futuro laboral), logré que me aceptaran en uno “regular” que “aceptaba de todo, como por ejemplo, “repitentes”, lo que hoy llaman “inclusividad”. A partir de ese día, me integré nuevamente al sistema, encausándome por las vías de la corrección. Yo fui el individuo cuya conducta (en este caso, cuyas calificaciones), hubo que encausar y corregir, a través de clasificaciones (como la de repitente), fui excluida, etiquetada, encasillada en una palabra sumamente potente, no obstante, luego, en una segunda oportunidad, rectificada, o si se quiere,  indefectiblemente, normalizada (Foucault, 2002, p.177) hasta mi egreso.

Bibliografía

Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar. (1° ed.). Buenos Aires: Siglo XXI.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Ser vigilados y Castigados

Todos quienes hemos ido al colegio hemos sentido el poder de la vigilancia, que se expresa en un conjunto de normas, aparatos y personas que ayudana su funcionamiento.
El cambio es evidentemente brusco, pasamos de ser niños, hijos y hermanos, a ser alumnos y compañeros, lo que implica una modificación de nuestros patrones de conducta, ya no podemos ir al baño cuando queramos, ni caminar o pararse cuando nos da la gana, ahora que hemos entrado al colegio debemos seguir sus normas, para poder encajar.

Uno de los peores recuerdos de mi escolaridad, se remonta a las etapas iniciales de mi educación, específicamente el periodo de inserción al colegio, recuerdo que la Parvularia nos prohibió ir al baño en otro horario que no sea el recreo, pero un día yo había tomado mucho líquido y a pesar, de  haber  ido  al  baño durante  el recreo, mientras  estábamos en  clases sentí muchas ganas de volver a ir al  baño, pero ante las continuas advertencias  y retos de  la  profesora, ni siquiera me  atreví  a preguntar y me senté en mi silla tratando de aguantar lo más que mi pequeño cuerpo pudo, sin embargo, no dure mucho tiempo y finalmente me orine, dejando un charco junto a mi silla, aún recuerdo la sensación de miedo a ser descubierta. Esos terribles minutos sentada sintiendo la humedad de mis ropas y sintiendo culpa por no poderme aguantar las ganas de orinar, sabía que  la “Tía” (nombre  coloquial para referirse a las parvularias), me iba a retar. Al pasar un rato, mis  compañeros  comenzaron a darse cuenta del charco de  orina  junto a  mi silla  y finalmente, le  avisaron a la parvularia y ella me preguntó que ¿por qué no le había avisado que quería ir al baño?, pero yo no me atreví a responderle, ya me sentía los suficientemente avergonzada como  para explicarle que solo intentaba seguir las reglas, que  ella continuamente nos repetía.

Este episodio poco afortunado, me hace pensar en el texto “vigilar y castigar” de Foucault, quien plantea  que la inspección jerárquica es  uno de  los  métodos efectivos para  orientar, enderezar y dirigir las mentes, es  decir, opera  como  un regulador de  conducta.
Tal es el peso de la vigilancia, que la arquitectura se modifica según el modelo militar, dando paso a creaciones arquitectónicas que permiten la observación continua de los  demás, por ejemplo el diseño de las puertas medias, que se utilizan actualmente en  baños públicos  tanto de  colegios, como malls, que originalmente fueron ideados para su uso en escuelas militares, para poder observar las cabezas y los pies de quienes están allí  adentro.

De  esta manera solo con el ejemplo de la arquitectura podemos  ver de qué manera este  régimen de vigilancia ha sido capaz de introducirse en casi todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, alienando a cada uno de los individuos de la sociedad. Fomentando las estructuras piramidales jerarquizadas, donde ciertos miembros de la sociedad tienen la facultad de observar o vigilar a los demás.
Incluso en el colegio, donde hoy en día muchas de las estructuras arquitectónicas se han  adaptado para  responder a las  dinámicas de vigilancia.

Otro de los métodos utilizados para regular la conducta  de los individuos  es  la  sanción normalizadora, que detecta a través de los regímenes de vigilancia a todos aquellos  individuos que no encajan en los presupuestos de  conducta permitidos por la  sociedad y dependiendo del ambiente,  el castigo  puede  ser  de carácter correctivo  o punitivo.
Es aquí donde encaja mi relato sobre mi experiencia de inducción al mundo de la escuela, con sus constantes sistemas de vigilancia y castigo, los que  incorpore rápidamente y de  manera tan literal que llegue a  orinarme  en la  sala   de  clases  con tal  de  cumplir  las  órdenes y no ser castigada o reprendida por  salir de la sala  en un horario no permitido y  la  verdad es que cuento esta  anécdota, porque  sé  que  no  soy la  única  persona  que  se tuvo algún accidente por seguir las órdenes y tratar de encajar en la norma de conducta  aceptada.
Finalmente, en “Vigilar  y castigar”  de Foucault, también se  menciona  el examen  como un mecanismo de inspección de  los saberes, aptitudes y  virtudes de los  hombres, con el   fin de  individualizar  a los  sujetos  y  convertirlos  en  seres  cuantificables  y cualificables.
En este aspecto, podríamos decir que el examen de las escuelas podría  tener  un  fuerte componente pedagógico, sin embargo, el examen también puede llevar a la visibilización de  aquellos individuos que se salen de la norma en un rango de notas aceptadas, cayendo nuevamente  en  las  dinámicas  de  la sanción  normalizadora, pero  creo  que  este  punto debiera  ser  abordado  con más  tiempo  y detenimiento  en  otra  ocasión.

Ahora,  me  gustaría  invitarlos a  que me  cuenten  si  en algún momento de  su experiencia en la  escuela, se han  sentido víctimas  y  parte de los sistemas de  vigilancia jerarquizada;  y a la vez  invitarlos a leer a Foucault* para profundizar  en el  conocimiento de  algunos de  los  términos  abordados en esta  entrada  de  blog.
Saludos  y  hasta  la  próxima.

Referencias:
*Foucault, Michel (2002).  Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión.- 1a, ed.-Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina.

La visibilidad del sujeto no siempre es algo positivo


            A riesgo de ser criticada por el título, explicaré a qué me refiero para que no se malentienda la idea. Ciertamente el no volver invisible a las personas, en general, es la forma de integrar y desarrollar la comunicación dentro de una comunidad. Al mismo tiempo, esto permite poder apreciar y aceptar las distintas particularidades que cada individuo posee, clave fundamental para la convivencia. Pero, ¿qué ocurre cuando las personas se visibilizan para otros objetivos, totalmente contrarios a los ya mencionados?
            Tomando en cuenta lo establecido por Michel Foucault en su texto “Vigilar y Castigar”, la acción de hacer visible a los individuos se concibe como una forma de controlar y vigilar sus acciones e, incluso, corregir aquellas acciones que se consideran fuera de una norma que pretende homogeneizar al grupo.
Personalmente hablando, el tema de ser visible me acomplejaba. A lo mejor no era consciente, pero temía mucho esto, posiblemente, por las mismas razones. En ambas enseñanzas, básica y media, me sentía vigilada por pares y superiores– algo que Foucault llama “vigilancia jerárquica”-, ya que esto traía repercusiones positivas, como las felicitaciones, y negativas, como castigos y humillaciones – referido como “sanción normalizadora” en las palabras del mencionado autor-. Esto no sólo afectaba mi imagen o mis notas, sino que también en la propia relación con mi familia. Ellos priorizaban sobremanera la nota que obtenía, principalmente porque querían que yo “fuera lo que ellos no pudieron ser”. En la práctica, tanto padres como docentes me veían como una “nota”, algo que sólo valía por los puntos obtenidos, no por lo que pudiera cuestionar o saber, más allá de lo educacional.
En este sentido, ambas partes priorizaban un tercer elemento, factor principal para el funcionamiento de las escuelas: el examen. En palabras de Foucault, estos controlan a grupos de personas, y conciben a los mismos como seres analizables, cognoscibles, visibles¸ entes simplificados y reducidos a datos y cualidades tanto dentro como fuera de la “norma”. De ahí la premisa del título.
            Siguiendo con la experiencia anterior, esta percepción de mí misma no sólo debía ser mantenida en mi familia, sino que también en los propios profesores quienes, dependiendo de la asignatura, tenían una buena o mala relación, sólo por el hecho de tener resultados positivos o negativos con ellos. Esto es uno de los elementos más desfavorables en cuanto a educación se trata, ya que la consideración hacia mí o hacia mis compañeros dependía sola y exclusivamente de una nota, que les hacían saber si éramos “buenos” o “malos”.
Ahora, ¿cómo esto termina disciplinando a los individuos? Desafortunadamente, no pude percibir esto sino hasta fuera del sistema, y aun si lo hubiera hecho, no habría podido cambiar algo. Para los profesores, mi único deber era ser buena estudiante, con carácter sumiso, que no cuestionara nada de lo que ellos proponían o enseñaran.
            ¿Quedaron vestigios de este sistema en mí, después de casi 7 años estando fuera de ella? Por supuesto, refiriéndome al texto, los medios del buen encauzamiento tuvieron un gran impacto en mí. Usualmente intento responder académicamente como si estuviera en el colegio, precisamente por la misma razón: el temor a ser humillada o mirada en menos por mis notas. La diferencia está en que, de todo lo que hago para evitar esto, gran parte lo realizo por motivación personal, por mi avidez de conocimiento, dejando el punto anteriormente mencionado en un segundo plano, aunque aún presente.
            Aun así, hubo costumbres que eliminé o que dejé de considerar como relevantes, y que en la enseñanza media consideraba como tales. Una de ellas es el sentido de la puntualidad, y es algo que me ha afectado a la hora de readaptarme al sistema educativo en la práctica. Y si bien tuve que adaptarme, hay algo que tengo en claro y es que, aunque me adapte a esto, tengo mis opiniones acerca de esto, y son totalmente opuestos de lo que el sistema me propone. En otras palabras, estoy consciente de cómo esto funciona, y tengo el discernimiento para decidir lo que hago o dejo de hacer.
            Para concluir, una de las costumbres con las que aún tengo conflictos es con la idea de juzgar a mis pares o alumnos en base a lo que esta “dentro” o “fuera” de la norma. Los elementos individuales de cada persona deberían ser considerados, personalmente hablando, pero también asumir que tratar con ellos en un universo de 30 a 40 estudiantes resulta un tanto complicado – esto tomándolo desde la perspectiva del profesor-. ¿De qué forma uno podría visibilizar al estudiante, sin hacerlo sentir alienado de un grupo que está homogeneizado?

La importancia de educarse.



Todos sabemos que la educación, una buena educación, es fundamental para el desarrollo de las personas, es por esto que ha habido muchos movimientos sociales que apelan a la necesidad urgente de una educación gratuita y de calidad para todos. El porqué de esta necesidad se hace evidente cuando te ves enfrentado a textos, información, literatura, etc. que te hacen abrir los ojos con respecto a realidades que tenemos naturalizadas en nuestra sociedad. Hoy quisiera comentar un texto que abre las puertas a reflexiones muy necesarias de cómo funciona el poder en distintas instituciones que conforman la sociedad, especialmente (y considerando que la pedagogía es mi mayor preocupación hoy en día) en la escuela; el texto en cuestión es Vigilar y Castigar de Michel Foucault.

Al leer este trabajo de Foucault, específicamente el segundo capítulo “modelos del buen encauzamiento”, fue imposible dejar de establecer relaciones entre los conceptos que en él se presentan y mi propia experiencia en la escuela, tanto como estudiante como ahora de practicante. En primer lugar nos presenta la idea de la “vigilancia jerárquica” lo que se relaciona con la capacidad que tiene el poder de observar todo lo que ocurre al interior de las instituciones (Foucault lo relaciona con el modelo que tienen los campamentos militares), esta capacidad se logra tanto a partir de las estructuras arquitectónicas como de las estructuras de sociabilización que se dan en estos lugares. En las escuelas los estudiantes se clasifican y distribuyen según rangos etarios, se les asignan salas a los cursos y se crean listas de asistencia, todo con lo cual se hacen evidentes las presencias o ausencias de los estudiantes; además de esto existe una red de vigilancia que está formada por la dirección, utp, los inspectores, los profesores, auxiliares y los mismos alumnos que se reparten por el liceo y que funcionan como ojos y oídos para el poder, todo está fríamente construido con la finalidad de establecer un control sobre el comportamiento de los sujetos. Me parece macabro como estas redes jerárquicas son tan efectivas que producen cierta sensación de desconfianza entre los individuos que comparten un espacio, siempre sabes que alguien puede estar escuchando lo que dices y que esto puede llegar a oídos de alguien en un cargo superior. En el liceo en el que estudiaba en Curicó establecí una relación bastante cercana con un profesor de lenguaje, él siempre nos incentivó a ser más críticos y “jugar con los límites” con lo que se refería a no romper las reglas pero si crear tensiones cuando las cosas nos parecieran mal, cuando llegó el momento de mi licenciatura de cuarto medio me eligieron para dar el discurso de los estudiantes (había estudiado en el mismo liceo desde primero básico) y este profesor me recomendó decir algo significativo en este discurso, no desde una perspectiva emocional sino que crítica, lo hice y me sentí muy liberada en ese momento, sin embargo, unas semanas después me entere de que despidieron a este profesor. No puedo asegurar que su despido estuvo directamente relacionado con el discurso que di, pero siempre lo he sospechado, porque, como nos explica Foucault, el poder en estas instituciones es capaz de observar lo que sucede, quien dice o hace que, hay vigilancia en todos los rincones y cuando se encuentra una irregularidad, algo que se aleje de la norma o que cuestione su funcionamiento entra en juego la segunda idea presentada por Foucault en este capítulo: “la sanción normalizadora”.

Foucault nos dice que siempre “en el corazón de los sistemas disciplinarios funciona un pequeño mecanismo penal”, este mecanismo penal se encarga de castigar las desviaciones, reducir las diferencias o, más bien, corregirlas. Se usa el castigo como ejemplo para que sea visible lo que le ocurre a los sujetos que no se adhieren a la norma instalada en la institución y junto a esto funciona un sistema de gratificación que enaltece la obediencia. Esto es visible en la mayoría de los liceos también, se intenta normalizar a los estudiantes a partir de reglas que deben seguir y formas determinadas en las que deberían comportarse, se visibiliza la diferencia y se castiga dejando en claro lo que el poder espera. Siguiendo con el ejemplo, el despido del profesor al que me referí anteriormente, marco una pauta en liceo, lo profesores en los años siguientes tuvieron un accionar mucho más pasivo.

Finalmente, se nos habla de “el examen” el cual combina las dos ideas anteriores, visibiliza y normaliza a los sujetos a través de pruebas, a su vez esto produce un gran número de documentos que los inmovilizan, los transforma en objetos de estudio, el poder tiene a su disposición toda la información que necesita sobre la evolución de los individuos al menos en los márgenes que le interesa conocer. En el sistema escolar vemos como las pruebas estandarizadas “CALIFICAN, CLASIFICAN Y CATIGAN” a los alumnos y profesores que lo componen, los resultados de pruebas, que pretenden ser objetivas pero que en realidad responden a un fuerte mecanismo de poder, le quitan a los individuos su calidad de sujeto, los transforman en un objeto, en números que se puede ordenar de mejor a peor y de acuerdo a estos resultados se les puede castigar o premiar. Todo esto, luego de informarse, es observable en las escuelas y en otras instituciones que funcionan bajo la lógica neoliberal, la normalización y objetación de los sujetos es innegable, es por esto que es importante la educación, para abrir los ojos, hacerte consciente de cómo funcionan las cosas en la sociedad y poder transformarse en un agente de cambio.


Foucault, Michel (2002).  Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión.- 1a, ed.-Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina.

jueves, 29 de octubre de 2015

Mi cuerpo sujeto a tu disciplina


Una de las ideas más relevante, y fascinante, del filósofo francés Michel Foucault es que la disciplina fabrica individuos. Pero, ¿qué significa que la disciplina fabrique individuos? ¿Cómo podemos observar está individualidad fabricada mediante el ejemplo del comportamiento de los sujetos dentro de un recinto escolar? Son éstas preguntas las que intentaremos responder en la entrada de este Blog.

Comencemos con una frase del pensador francés extraída del famoso texto Vigilar y Castigar*:
“La disciplina fabrica […] cuerpos sometidos y ejercitados” (2002: p. 126)

De esta frase podemos concluir que el “tipo” de individuos que la disciplina fabrica es de individuos sometidos y ejercitados. Para ser sometidos se requiere  que se ejerza un poder sobre este sujeto y para ser ejercitados se necesita que se practique ciertas técnicas para modelar nuestra conducta. Al fin y al cabo, esto es lo significa a grandes rasgos fabricar individuos: modelar sus conductas o en palabras de Foucault “encauzar” la conducta.

El encauzamiento de nuestra conducta a través de la práctica disciplinaria produce que nuestras aptitudes sean formadas para ser objetos del ejercicio de poder. Esto significa, en nuestras palabras, que la interioridad de los sujetos se configure de una manera tal, que nuestra subjetividad responda al sistema disciplinario ajustándose a sus requerimientos.
Para Foucault existen tipos de tecnologías de poder que encauzan nuestra conducta (la vigilancia jerárquica; la sanción normalizadora y el examen). Estas tecnologías actúan de manera sutil desenvolviéndose de manera cautelosa en los cuerpos de los individuos a los que los incitan a responder al recinto disciplinario de una manera casi inadvertida. Estás tácticas controlan nuestras aptitudes, nuestras identidades y nuestras actividades.

En este sentido, podemos observar como esta individualidad fabricada repercute directamente en el recinto escolar mediante la táctica del examen. El examen es el mejor ejemplo. Bajo esta teoría que hemos rápidamente resumido, el examen es un dispositivo que vigila y sanciona. Normaliza, clasifica y califica. Por medio del examen se controla particularmente al individuo y se califica su capacidad de responder al sistema. La sanción que está asociada al examen produce normalización entre los individuos y castiga a los que se salen de la recta homogénea. Este castigo muchas veces está asociado a reproches morales y reprimendas que valorizan negativamente a los individuos.

Precisamente, en el colegio ese es un talón de Aquiles: la individualidad sujeta a la disciplina por miedo al castigo y al reproche. Concretamente, este medio al castigo y al reproche que se relacionaba con el resultado de las calificaciones en los exámenes escolares. Estar sujeta a las notas para obtener aprobación en mis actos. La interiorización de las reglas y a las normas. Esto me recuerda al superyó de Freud en el sentido que cuando uno está en el colegio tiene una conciencia moral interioriza el encauzamiento y nos capacita para tener una crítica contante internalizada acompañada con un auto-reproche sino cumplía con las reglas.

Otro ejemplo, es cuando algún compañero o compañera constantemente obtenía buenos resultados en los exámenes, era constante centro de aprobación por el recinto escolar. No así las personas que no tenía buenas calificaciones. Por eso, al fin y al cabo, las calificaciones son modos de vivenciar la escuela. Tal cómo te va en los exámenes, te irá en la escuela en términos de valoración.

Pero lo más terrible, es cuando el cuerpo automáticamente reacciona ante los estímulos que habitan en la Escuela: El timbre, la entrada de una autoridad a la sala, la posición  y disposición corporal en la sala de clases. Suena el timbre y tu cuerpo ya está arreglando las cosas para irse a recreo. Condicionamiento. 

¿Cómo escapar del disciplinamiento?

Algunos interiorizamos las normas y otros las desafían y logran reivindicar su propia individualidad en el acto desafiante. Por mi parte, al parecer, me fue más cómodo acatar las normas para no ser juzgada y poder vivir tranquila. Aunque surge la interrogante si es que estuvo bien utilizar un método que de alguna manera admite la fuerza negativa de la disciplina, ¿qué opinas tú?




*Foucault, Michel (2002).  Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión.- 1a, ed.-Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina.





miércoles, 28 de octubre de 2015

Teniendo en cuenta lo planteado por Foucault, ¿de qué manera la evaluación me ha disciplinado a lo largo de mi experiencia educativa?

Probablemente todos los que nos encontramos en esta clase hemos sido parte del proceso educativo, y como tales, todos hemos pasado por el proceso de categorización y estandarización que este proceso conlleva. Es así como la disciplina y la evaluación, al igual que el lenguaje, es una forma de crear realidades; de nombrar y etiquetar a los objetos y fijarlos dentro de una escala donde estamos más o menos cercanos a la norma, a lo normal. Y para graduar a estos individuos dentro de la escala, la disciplina nos sitúa en un punto dentro de los dos polos opuestos: el “mateo” y el “porro”; donde el primero se contempla como la norma y el segundo como desviación de esta misma norma.
A través de mi experiencia escolar pude tenerla suerte de pertenecer a los dos grupos dentro de esta escala; en la educación básica obtuve siempre los primeros lugares, y en la educación media estuve siempre dentro de los que “pasaban arrastrando”. En la básica asistí a un colegio particular subvencionado “común” –y por común me refiero a un colegio que no era ni muy bueno ni muy malo – en el cual no tenía necesidad de estudiar en casa y, aún así, obtuve altas calificaciones que me situaban en un grado de privilegio frente a compañeros y profesores. Tan bien me fue que mis compañeros no se asombraban cuando, en octavo básico y a punto de salir a la educación media, yo les comentaba que iría a un colegio emblemático: el José Victorino Lastarria de Providencia: colegio famoso por haber formado a políticos y supuestamente grandes figuras del país como Andrés Allamand (quién, por cierto, decían que se había tomado el colegio en una ocasión).
Pero todos los privilegios de ser el primer lugar del curso se acabarían cuando ingresé al Lastarria. En este colegio pasé de ser de los alumnos promesa a los alumnos del montón: la mayoría de mis compañeros provenían de colegios de comunas periféricas, y como tales, todos ingresamos al Lastarria con altas calificaciones (previo exámen de admisión). Claramente, lo que no sabíamos era que el Lastarria, para conservar su estatus de colegio emblemático, tenía un nivel muy alto de exigencia que preparaba a los alumnos para rendir una buena PSU y así poder ingresar a  una buena universidad, para así ser parte del selecto grupo de profesionales que guiarán y forjarán el destino de nuestro país –esto era lo que siempre nos repetían nuestros profesores. Fue así entonces como la frustración de no poder estar al nivel del colegio comenzó a ser un sentimiento recurrente entre los compañeros que proveníamos de la periferia –es decir, no de comunas aledañas a providencia—y además, la frustración de ser señalados con la etiqueta de porros, flojos o vagos por parte de profesores y alumnos; etiqueta que con el tiempo iba siendo parte de nosotros mismos, como una identidad adquirida que a través de los años aprendimos a conllevar. Fue entonces que notas como un 4.0 eran la norma para nosotros, cuando antes en la básica lo era un 6.0 o un 7.0.  Esto se refleja en lo que plantea Foucault: “La distribución según los rangos o los grados tiene un doble papel: señalar las desviaciones, jerarquizar las cualidades, las competencias y las aptitudes; pero también castigar y recompensar. Funcionamiento penal de la ordenación y carácter ordinal de la sanción (…). El rango por sí mismo equivale a recompensa o a castigo” (168) Fue entonces que, en la media, fui parte del rango más bajo; el de los desviados.

Saliendo de la media me di cuenta de que, tal como dice Foucault,  la disciplina “fabrica” individuos; es la técnica específica de un poder que se da los individuos a la vez como objetos y como instrumentos de su ejercicio (127). Y es a través de métodos como la evaluación, o más bien, el exámen que el sistema educativo deja caer todo su peso sobre los sujetos objetivizándolos y categorizándolos dentro de una escala. Fue así como me di cuenta que a través de la gradación de los alumnos, que el sujeto más cercano a la norma era el individuo más deseable para el sistema de producción.  En palabras de Foucault: “Doble efecto [del exámen]: distribuir los alumnos de acuerdo con sus aptitudes y su conducta, por lo tanto según el uso que de ellos se podrá hacer cuando salgan de la escuela; ejercer sobre ellos una presión constante para que se sometan todos al mismo modelo, para que estén obligados todos juntos "a la subordinación, a la docilidad, a la atención en los estudios y ejercicios y a la exacta práctica de los deberes y de todas las partes de la disciplina”(169). De acuerdo a esto, la pregunta que cabe plantearnos como profesores es ¿de qué forma podemos romper con estas prácticas sujetas al sistema educacional tradicional?

Referencias:
Foucault, Michel Vigilar y castigar : nacimiento de la prisión.- 1a, ed.-Buenos Aires : Siglo XXI Editores Argentina, 2002. 314 p. ; 21x14 cm.- (Nueva criminología y derecho)