martes, 1 de diciembre de 2015

Exclusión-Normalización


            Lo primero que se me viene a la cabeza al pensar en disciplina, es, por supuesto, la escuela. El colegio. Me parece importante esclarecer que desde primero básico hasta cuarto medio, estuve en cuatro colegios distintos (uno en EB y tres en EM), a través de los cuales, experimenté, si bien los mismos mecanismos de disciplina, de distintas formas y sujetos a preceptos diferentes.
            Comencemos por lo que ahora nos parece más obvio que cuando lo experimentamos: las prácticas diarias obligatorias. En mi colegio de básica, católico, debíamos llegar a las 8. De esa hora hasta las 8:15 se hacía la oración. Es decir, la profesora, adelante, comenzaba con un rezo y todos los demás la seguíamos. Luego, se podía levantar la mano para “pedir” por alguien o algo en específico. Por su puesto, en básica, nadie tenía idea lo que estaba haciendo, nadie podría haber respondido a la pregunta de ¿Por qué crees en Dios?, solo hacíamos lo que nos pedían y “enseñaban”, éramos, pequeños moldes, receptores de adoctrinamiento escolar y religioso. Y una de las mejores formas de demostrárnoslo, además, de las reglas del horario y de la inevitable, y obligatoria oración de las mañanas, era la clase de religión, la cual, obligatoria, si bien no tenía notas en una escala numérica, sí tenía rangos en los que, te encasillaban entre B y MB o terminabas repitiendo de curso si eras un I (insuficiente) o un MI (malo insuficiente).
            Es decir, desde primero básico nos estaban clasificando según etiquetas que, inclusive, podían cambiarte el rumbo en el que ibas, provocando que no pasaras al siguiente nivel escolar. No obstante, lo que más me impresiona ahora, en retrospectiva, es el poder que tiene una palabra, no estoy segura si más que un número, pero de todas formas, es curioso darse cuenta de que puedes quedar con la etiqueta de “Insuficiente” por el resto de tu vida, solo por no tener, o los mismos intereses o las mismas habilidades que otros, o por no compartir las mismas creencias. “Los aparatos disciplinarios jerarquizan los unos con relación a los otros, a las “buenas” y a las “malas” personas (Foucault, 2002, p.168). En ese entonces, si algún apoderado reclamaba por el “Muy insuficiente” de su hijo o hija, apelando a lo anterior, se le decía: “Entonces, no lo matricule en un colegio católico”.
            Tal como lo asevera el autor, “el éxito del poder disciplinario se debe sin duda al uso de instrumentos simples: la inspección jerárquica, la sanción normalizadora, y su combinación en un procedimiento que le es específico: el examen” (Foucault, 2002, p.158). Nunca estuve tan consciente del poder del examen hasta que uno de tantos que hice, fue el que decidió que repitiera en segundo medio. “El orden que los castigos disciplinarios deben respetar es de índole mixta [dice Foucault]: es un orden artificial […] pero es también un orden definido por unos procesos naturales y observables: la duración de un aprendizaje, el tiempo de un ejercicio, el nivel de aptitud se refieren a una regularidad, que es también una regla” (Foucault, 2002, p.166). A través de todo mi proceso escolar, se me estuvo vigilando y controlando en tanto se implementaba el examen para evaluarme y encasillarme, para homogenizarme junto con el resto, pero a la vez, para diferenciarme de él, categorizándome como buena o mala alumna según los resultados de aquel, en cada ocasión. Hasta que en algún punto, ese mecanismo de control y vigilancia, de disciplina también, juzgó que no fui suficiente para permanecer en el sistema y, me castigó, a través de la institución, expulsándome. Esto fue en mi primer colegio de EM, otro católico. En este momento no solo hubo un quiebre en mi pensamiento en cuanto a qué tan fidedigno puede ser un examen para juzgarte buen o mal estudiante, sino que también con la institución religiosa.
            Así fue como, a través de este tipo de avaluación, me vi marginada, porque no solo me cerraron las puertas en la institución de la cual salí, sino que también en muchas otras a las que intenté entrar: “No se aceptan repitentes” era la frase célebre con la que se encargaban de decirme que ya no era una buena opción para ajustarme a la regla. Yo era una desviación. Y así me sentía. Y luego de varios intentos fallidos en los que intenté ingresar a un colegio “bueno” (porque eso es parte de todo el paquete en el que otro examen decide tu futuro laboral), logré que me aceptaran en uno “regular” que “aceptaba de todo, como por ejemplo, “repitentes”, lo que hoy llaman “inclusividad”. A partir de ese día, me integré nuevamente al sistema, encausándome por las vías de la corrección. Yo fui el individuo cuya conducta (en este caso, cuyas calificaciones), hubo que encausar y corregir, a través de clasificaciones (como la de repitente), fui excluida, etiquetada, encasillada en una palabra sumamente potente, no obstante, luego, en una segunda oportunidad, rectificada, o si se quiere,  indefectiblemente, normalizada (Foucault, 2002, p.177) hasta mi egreso.

Bibliografía

Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar. (1° ed.). Buenos Aires: Siglo XXI.