Lo primero que se me viene a la
cabeza al pensar en disciplina, es, por supuesto, la escuela. El colegio. Me
parece importante esclarecer que desde primero básico hasta cuarto medio,
estuve en cuatro colegios distintos (uno en EB y tres en EM), a través de los
cuales, experimenté, si bien los mismos mecanismos de disciplina, de distintas
formas y sujetos a preceptos diferentes.
Comencemos por lo que ahora nos
parece más obvio que cuando lo experimentamos: las prácticas diarias obligatorias.
En mi colegio de básica, católico, debíamos llegar a las 8. De esa hora hasta
las 8:15 se hacía la oración. Es decir, la profesora, adelante, comenzaba con
un rezo y todos los demás la seguíamos. Luego, se podía levantar la mano para
“pedir” por alguien o algo en específico. Por su puesto, en básica, nadie tenía
idea lo que estaba haciendo, nadie podría haber respondido a la pregunta de
¿Por qué crees en Dios?, solo hacíamos lo que nos pedían y “enseñaban”, éramos,
pequeños moldes, receptores de adoctrinamiento escolar y religioso. Y una de
las mejores formas de demostrárnoslo, además, de las reglas del horario y de la
inevitable, y obligatoria oración de las mañanas, era la clase de religión, la
cual, obligatoria, si bien no tenía notas en una escala numérica, sí tenía
rangos en los que, te encasillaban entre B y MB o terminabas repitiendo de
curso si eras un I (insuficiente) o un MI (malo insuficiente).
Es decir, desde primero básico nos
estaban clasificando según etiquetas que, inclusive, podían cambiarte el rumbo
en el que ibas, provocando que no pasaras al siguiente nivel escolar. No
obstante, lo que más me impresiona ahora, en retrospectiva, es el poder que
tiene una palabra, no estoy segura si más que un número, pero de todas formas,
es curioso darse cuenta de que puedes quedar con la etiqueta de “Insuficiente”
por el resto de tu vida, solo por no tener, o los mismos intereses o las mismas
habilidades que otros, o por no compartir las mismas creencias. “Los aparatos
disciplinarios jerarquizan los unos con relación a los otros, a las “buenas” y
a las “malas” personas (Foucault, 2002, p.168). En ese entonces, si algún
apoderado reclamaba por el “Muy insuficiente” de su hijo o hija, apelando a lo
anterior, se le decía: “Entonces, no lo matricule en un colegio católico”.
Tal como lo asevera el autor, “el
éxito del poder disciplinario se debe sin duda al uso de instrumentos simples:
la inspección jerárquica, la sanción normalizadora, y su combinación en un
procedimiento que le es específico: el examen” (Foucault, 2002, p.158). Nunca
estuve tan consciente del poder del examen hasta que uno de tantos que hice,
fue el que decidió que repitiera en segundo medio. “El orden que los castigos
disciplinarios deben respetar es de índole mixta [dice Foucault]: es un orden
artificial […] pero es también un orden definido por unos procesos naturales y
observables: la duración de un aprendizaje, el tiempo de un ejercicio, el nivel
de aptitud se refieren a una regularidad, que es también una regla” (Foucault,
2002, p.166). A través de todo mi proceso escolar, se me estuvo vigilando y
controlando en tanto se implementaba el examen para evaluarme y encasillarme,
para homogenizarme junto con el resto, pero a la vez, para diferenciarme de él,
categorizándome como buena o mala alumna según los resultados de aquel, en cada
ocasión. Hasta que en algún punto, ese mecanismo de control y vigilancia, de
disciplina también, juzgó que no fui suficiente para permanecer en el sistema
y, me castigó, a través de la institución, expulsándome. Esto fue en mi primer
colegio de EM, otro católico. En este momento no solo hubo un quiebre en mi
pensamiento en cuanto a qué tan fidedigno puede ser un examen para juzgarte
buen o mal estudiante, sino que también con la institución religiosa.
Así fue como, a través de este tipo
de avaluación, me vi marginada, porque no solo me cerraron las puertas en la
institución de la cual salí, sino que también en muchas otras a las que intenté
entrar: “No se aceptan repitentes” era la frase célebre con la que se
encargaban de decirme que ya no era una buena opción para ajustarme a la regla.
Yo era una desviación. Y así me sentía. Y luego de varios intentos fallidos en
los que intenté ingresar a un colegio “bueno” (porque eso es parte de todo el
paquete en el que otro examen decide tu futuro laboral), logré que me aceptaran
en uno “regular” que “aceptaba de todo, como por ejemplo, “repitentes”, lo que
hoy llaman “inclusividad”. A partir de ese día, me integré nuevamente al
sistema, encausándome por las vías de la corrección. Yo fui el individuo cuya
conducta (en este caso, cuyas calificaciones), hubo que encausar y corregir, a
través de clasificaciones (como la de repitente), fui excluida, etiquetada,
encasillada en una palabra sumamente potente, no obstante, luego, en una
segunda oportunidad, rectificada, o si se quiere, indefectiblemente, normalizada (Foucault, 2002,
p.177) hasta mi egreso.
Bibliografía
Foucault,
M. (2002). Vigilar y castigar. (1°
ed.). Buenos Aires: Siglo XXI.
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