A riesgo de ser criticada por el
título, explicaré a qué me refiero para que no se malentienda la idea.
Ciertamente el no volver invisible a las personas, en general, es la forma de
integrar y desarrollar la comunicación dentro de una comunidad. Al mismo
tiempo, esto permite poder apreciar y aceptar las distintas particularidades
que cada individuo posee, clave fundamental para la convivencia. Pero, ¿qué
ocurre cuando las personas se visibilizan para otros objetivos, totalmente
contrarios a los ya mencionados?
Tomando en cuenta lo establecido por
Michel Foucault en su texto “Vigilar y Castigar”, la acción de hacer visible a
los individuos se concibe como una forma de controlar y vigilar sus acciones e,
incluso, corregir aquellas acciones que se consideran fuera de una norma que
pretende homogeneizar al grupo.
Personalmente
hablando, el tema de ser visible me acomplejaba. A lo mejor no era consciente,
pero temía mucho esto, posiblemente, por las mismas razones. En ambas
enseñanzas, básica y media, me sentía vigilada por pares y superiores– algo que
Foucault llama “vigilancia jerárquica”-, ya que esto traía repercusiones
positivas, como las felicitaciones, y negativas, como castigos y humillaciones
– referido como “sanción normalizadora” en las palabras del mencionado autor-.
Esto no sólo afectaba mi imagen o mis notas, sino que también en la propia
relación con mi familia. Ellos priorizaban sobremanera la nota que obtenía,
principalmente porque querían que yo “fuera lo que ellos no pudieron ser”. En
la práctica, tanto padres como docentes me veían como una “nota”, algo que sólo
valía por los puntos obtenidos, no por lo que pudiera cuestionar o saber, más
allá de lo educacional.
En
este sentido, ambas partes priorizaban un tercer elemento, factor principal
para el funcionamiento de las escuelas: el examen. En palabras de Foucault, estos
controlan a grupos de personas, y conciben a los mismos como seres analizables,
cognoscibles, visibles¸ entes
simplificados y reducidos a datos y cualidades tanto dentro como fuera de la
“norma”. De ahí la premisa del título.
Siguiendo con la experiencia
anterior, esta percepción de mí misma no sólo debía ser mantenida en mi
familia, sino que también en los propios profesores quienes, dependiendo de la
asignatura, tenían una buena o mala relación, sólo por el hecho de tener
resultados positivos o negativos con ellos. Esto es uno de los elementos más
desfavorables en cuanto a educación se trata, ya que la consideración hacia mí
o hacia mis compañeros dependía sola y exclusivamente de una nota, que les hacían
saber si éramos “buenos” o “malos”.
Ahora,
¿cómo esto termina disciplinando a los individuos? Desafortunadamente, no pude
percibir esto sino hasta fuera del sistema, y aun si lo hubiera hecho, no
habría podido cambiar algo. Para los profesores, mi único deber era ser buena
estudiante, con carácter sumiso, que no cuestionara nada de lo que ellos
proponían o enseñaran.
¿Quedaron vestigios de este sistema
en mí, después de casi 7 años estando fuera de ella? Por supuesto, refiriéndome
al texto, los medios del buen encauzamiento tuvieron un gran impacto en mí.
Usualmente intento responder académicamente como si estuviera en el colegio,
precisamente por la misma razón: el temor a ser humillada o mirada en menos por
mis notas. La diferencia está en que, de todo lo que hago para evitar esto,
gran parte lo realizo por motivación personal, por mi avidez de conocimiento,
dejando el punto anteriormente mencionado en un segundo plano, aunque aún
presente.
Aun así, hubo costumbres que eliminé
o que dejé de considerar como relevantes, y que en la enseñanza media
consideraba como tales. Una de ellas es el sentido de la puntualidad, y es algo
que me ha afectado a la hora de readaptarme al sistema educativo en la
práctica. Y si bien tuve que adaptarme, hay algo que tengo en claro y es que,
aunque me adapte a esto, tengo mis opiniones acerca de esto, y son totalmente
opuestos de lo que el sistema me propone. En otras palabras, estoy consciente
de cómo esto funciona, y tengo el discernimiento para decidir lo que hago o
dejo de hacer.
Para concluir, una de las costumbres
con las que aún tengo conflictos es con la idea de juzgar a mis pares o alumnos
en base a lo que esta “dentro” o “fuera” de la norma. Los elementos
individuales de cada persona deberían ser considerados, personalmente hablando,
pero también asumir que tratar con ellos en un universo de 30 a 40 estudiantes
resulta un tanto complicado – esto tomándolo desde la perspectiva del
profesor-. ¿De qué forma uno podría visibilizar al estudiante, sin hacerlo
sentir alienado de un grupo que está homogeneizado?
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