miércoles, 28 de octubre de 2015

Teniendo en cuenta lo planteado por Foucault, ¿de qué manera la evaluación me ha disciplinado a lo largo de mi experiencia educativa?

Probablemente todos los que nos encontramos en esta clase hemos sido parte del proceso educativo, y como tales, todos hemos pasado por el proceso de categorización y estandarización que este proceso conlleva. Es así como la disciplina y la evaluación, al igual que el lenguaje, es una forma de crear realidades; de nombrar y etiquetar a los objetos y fijarlos dentro de una escala donde estamos más o menos cercanos a la norma, a lo normal. Y para graduar a estos individuos dentro de la escala, la disciplina nos sitúa en un punto dentro de los dos polos opuestos: el “mateo” y el “porro”; donde el primero se contempla como la norma y el segundo como desviación de esta misma norma.
A través de mi experiencia escolar pude tenerla suerte de pertenecer a los dos grupos dentro de esta escala; en la educación básica obtuve siempre los primeros lugares, y en la educación media estuve siempre dentro de los que “pasaban arrastrando”. En la básica asistí a un colegio particular subvencionado “común” –y por común me refiero a un colegio que no era ni muy bueno ni muy malo – en el cual no tenía necesidad de estudiar en casa y, aún así, obtuve altas calificaciones que me situaban en un grado de privilegio frente a compañeros y profesores. Tan bien me fue que mis compañeros no se asombraban cuando, en octavo básico y a punto de salir a la educación media, yo les comentaba que iría a un colegio emblemático: el José Victorino Lastarria de Providencia: colegio famoso por haber formado a políticos y supuestamente grandes figuras del país como Andrés Allamand (quién, por cierto, decían que se había tomado el colegio en una ocasión).
Pero todos los privilegios de ser el primer lugar del curso se acabarían cuando ingresé al Lastarria. En este colegio pasé de ser de los alumnos promesa a los alumnos del montón: la mayoría de mis compañeros provenían de colegios de comunas periféricas, y como tales, todos ingresamos al Lastarria con altas calificaciones (previo exámen de admisión). Claramente, lo que no sabíamos era que el Lastarria, para conservar su estatus de colegio emblemático, tenía un nivel muy alto de exigencia que preparaba a los alumnos para rendir una buena PSU y así poder ingresar a  una buena universidad, para así ser parte del selecto grupo de profesionales que guiarán y forjarán el destino de nuestro país –esto era lo que siempre nos repetían nuestros profesores. Fue así entonces como la frustración de no poder estar al nivel del colegio comenzó a ser un sentimiento recurrente entre los compañeros que proveníamos de la periferia –es decir, no de comunas aledañas a providencia—y además, la frustración de ser señalados con la etiqueta de porros, flojos o vagos por parte de profesores y alumnos; etiqueta que con el tiempo iba siendo parte de nosotros mismos, como una identidad adquirida que a través de los años aprendimos a conllevar. Fue entonces que notas como un 4.0 eran la norma para nosotros, cuando antes en la básica lo era un 6.0 o un 7.0.  Esto se refleja en lo que plantea Foucault: “La distribución según los rangos o los grados tiene un doble papel: señalar las desviaciones, jerarquizar las cualidades, las competencias y las aptitudes; pero también castigar y recompensar. Funcionamiento penal de la ordenación y carácter ordinal de la sanción (…). El rango por sí mismo equivale a recompensa o a castigo” (168) Fue entonces que, en la media, fui parte del rango más bajo; el de los desviados.

Saliendo de la media me di cuenta de que, tal como dice Foucault,  la disciplina “fabrica” individuos; es la técnica específica de un poder que se da los individuos a la vez como objetos y como instrumentos de su ejercicio (127). Y es a través de métodos como la evaluación, o más bien, el exámen que el sistema educativo deja caer todo su peso sobre los sujetos objetivizándolos y categorizándolos dentro de una escala. Fue así como me di cuenta que a través de la gradación de los alumnos, que el sujeto más cercano a la norma era el individuo más deseable para el sistema de producción.  En palabras de Foucault: “Doble efecto [del exámen]: distribuir los alumnos de acuerdo con sus aptitudes y su conducta, por lo tanto según el uso que de ellos se podrá hacer cuando salgan de la escuela; ejercer sobre ellos una presión constante para que se sometan todos al mismo modelo, para que estén obligados todos juntos "a la subordinación, a la docilidad, a la atención en los estudios y ejercicios y a la exacta práctica de los deberes y de todas las partes de la disciplina”(169). De acuerdo a esto, la pregunta que cabe plantearnos como profesores es ¿de qué forma podemos romper con estas prácticas sujetas al sistema educacional tradicional?

Referencias:
Foucault, Michel Vigilar y castigar : nacimiento de la prisión.- 1a, ed.-Buenos Aires : Siglo XXI Editores Argentina, 2002. 314 p. ; 21x14 cm.- (Nueva criminología y derecho)

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